Combatir la Hepatitis. Sintomas y Tratamiento.

La Hepatitis es un nombre con que se conoce un conjunto de enfermedades hepáticas difusas, las más importantes y frecuentes de las cuales son las hepatitis víricas y bacterianas, las hepatitis tóxicas (de origen exógeno o endógeno) y las hepatitis reactivas inespecíficas. De los diversos tipos de hepatitis el más frecuente es la hepatitis vírica, de la que existen dos modalidades diferentes: la hepatitis infecciosa, llamada antes epidémica, y la hepatitis sérica.

A pesar de que se acepta que estas dos formas de hepatitis son producidas por virus, éste no ha sido aislado. Aparte los datos epidemiológicos que confirman la naturaleza infecciosa del proceso y una serie de razones prácticas y teóricas que obligan a aceptar la naturaleza vírica de esta infección, hay observaciones de transmisión experimental en voluntarios humanos que la confirman.

Durante muchos años la hepatitis se confundió con el resto de enfermedades en las que destaca como síntoma predominante la ictericia. Al descubrirse el agente causal de muchas de ellas quedó un tipo especial, que se denominó ictericia catarral, del que no se pudo precisar la etiología exacta, y que corresponde a las actuales hepatitis infecciosas y hepatitis sérica.

Se han publicado muchos trabajos con la descripción de virus a los que se consideraba como los agentes responsables de la enfermedad, pero de ninguno de ellos, ni tampoco de los que se creía haber aislado por transmisión experimental a diversos animales (mono, cerdo, canario, cobayo, etc.), ha podido confirmarse que se trate del virus responsable. En la actualidad toda la atención recae sobre el denominado antígeno Australia, descrito en 1961, y al que posteriormente se tiende a denominar HAA (antigeno asociado a la hepatitis); se poseen datos muy sugerentes, pero no categóricos, a favor de su papel como agente productor de la hepatitis.

Los síntomas de la hepatitis infecciosa y de la hepatitis sérica son en todo semejantes. Las diferencias entre ambas enfermedades se refieren principalmente a su epidemiología y a las características del virus que las produce.

La enfermedad comienza con síntomas vagos, mal definidos, por lo que con frecuencia se establece el diagnóstico de gripe; destaca la existencia de gran astenia e inapetencia. Sigue luego un período febril, con temperaturas de 38-39° C, a las que se añaden náuseas, vómitos, estreñimiento, gran quebrantamiento general y sensación de peso en la región del hígado.

El enfermo cree que se trata de un proceso gastrointestinal febril leve, del que espera recuperarse en pocos días. Este período preictérico suele ser más agudo en los niños que en los adultos.

A los 4-6 días de aparecidos dichos síntomas se acentúa el dolor en la región del hígado y suele aumentar la fiebre, que pronto remite. El enfermo cree haber curado, pero a los 2-3 días aparece la ictericia, con frecuencia de manera brusca, en pocas horas; casi siempre su aparición coincide con la desaparición de los otros síntomas. La intensidad de la ictericia difiere ampliamente de unos enfermos a otros y oscila entre una subictericia, que sólo se aprecia por el examen atento de la mucosa ocular o faríngea, y una ictericia intensa.

Durante los primeros días se acompaña de intenso prurito. La orina es de color oscuro y las heces son poco pigmentadas, de color grisáceo.
Existen formas abortivas, limitadas al período preictérico, que probablemente son mucho más frecuentes que las formas ictéricas. Las formas graves, con tendencia a la atrofia amarilla del hígado, son poco frecuentes.

Por regla general la curación se establece entre los 15 y los 30 días de haberse instaurado la ictericia, si bien es aconsejable prolongar el reposo en cama durante algunas semanas más. Se ha descrito una hepatitis crónica con sucesivas remisiones y reactivaciones a lo largo de varios meses.

Por lo que se refiere al contagio, en la hepatitis infecciosa el virus se elimina por las heces y el contagio se realiza por vía digestiva. En la hepatitis sérica la transmisión se realiza casi exclusivamente por inoculación de cantidades más o menos elevadas de sangre contaminada o de sus derivados. Como es lógico, en el caso de la hepatitis infecciosa la profilaxis consiste en evitar todo contacto con las heces del enfermo y en una higiene cuidadosa de las manos, y en el caso de la hepatitis sérica, en utilizar para toda clase de inyecciones y de extracciones de sangre material irreprochablemente esterilizado así como en seleccionar los donantes de sangre para transfusiones, eliminando todos aquellos en los que se tenga la menor sospecha de padecer o haber padecido una hepatitis.

El diagnóstico es puramente clínico. No existen pruebas diagnósticas específicas, pero existe una serie de pruebas bioquímicas de indudable valor diagnóstico y que, estudiadas seriamente, son un buen índice de la evolución de la enfermedad. La investigación más utilizada es la valoración de las transaminasas del suero, que elevan su titulo de manera considerable en el curso de las dos formas de hepatitis. Esta elevación se presenta en todos los casos, incluso en los que transcurren sin ictericia. La enfermedad se considera curada cuando las transaminasas han vuelto a su valor normal.

No existe tratamiento específico. A pesar de que la hepatitis suele ser una enfermedad benigna y que abandonada a si misma cura espontáneamente la mayoría de las veces, conviene tratarla de manera adecuada. Esto se consigue mediante reposo en cama, que debe instaurarse de manera precoz y cumplirse estrictamente, una dieta adecuada, rica en hidratos de carbono y proteínas y pobre en grasas, y el tratamiento conveniente del estreñimiento. En casos especiales se utilizan los corticosteroides, las inyecciones intravenosas de glucosa, antibióticos, etc.